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Wearables miden la complejidad del movimiento en bebés con riesgo familiar de autismo

Investigadores de UCLA y USC desarrollan una medida objetiva para detectar señales tempranas del trastorno del espectro autista.

Un equipo de investigadores de las universidades de California en Los Ángeles y del Sur de California publicó en 2021 un estudio en el que utilizó sensores portátiles para medir la complejidad de los movimientos en bebés con alto riesgo familiar de desarrollar trastorno del espectro autista (TEA). Los resultados preliminares sugieren que esta medida cuantitativa podría servir como marcador temprano del trastorno, incluso desde los tres meses de vida.

El estudio, publicado en Sensors, partió de una limitación reconocida en el campo: las evaluaciones motoras estandarizadas que se aplican actualmente en clínicas e investigación dependen de la observación visual subjetiva, producen resultados binarios y no siempre capturan el repertorio completo de movimientos del bebé, particularmente cuando este se encuentra fuera de su entorno habitual. Ante esto, el equipo apostó por sensores Opal, dispositivos inalámbricos que se colocan en los tobillos del bebé mediante rodilleras adaptadas, y que registran la actividad motora durante todo el día en el hogar, acumulando entre ocho y doce horas de datos por sesión.

“La detección e intervención tempranas son los dos factores más importantes para un desarrollo óptimo en personas con autismo; sin embargo, la identificación precoz sigue siendo un gran desafío, a pesar de que sabemos que los cambios cerebrales ocurren incluso en la etapa prenatal en quienes posteriormente desarrollan autismo”,  expresó la Dra. Rujuta Wilson , investigadora principal del estudio y neuróloga pediátrica de UCLA Health. “Nuestro equipo busca mejorar la identificación temprana mediante el desarrollo de predictores clínicos sólidos del autismo que puedan aplicarse tanto en el hogar como en la clínica”.

La medida central del estudio fue la “complejidad del movimiento”, un indicador basado en la variabilidad de las frecuencias que componen los patrones de movimiento registrados. Desde una perspectiva teórica, una mayor complejidad refleja una función neuromotora saludable, ya que el movimiento diverso y variable es esencial para el desarrollo normal. Por el contrario, una complejidad baja puede indicar movimientos más repetitivos y menos variables, que es precisamente uno de los criterios diagnósticos centrales del TEA. Para construir esta medida, los investigadores aplicaron la Transformada Rápida de Fourier a segmentos de cinco minutos de datos de movimiento, obteniendo así un puntaje diario que representa cuántas frecuencias distintas componen el movimiento del bebé.

“Detectar estos problemas de movimiento lo antes posible en la vida de un niño es crucial para ayudar a los médicos a saber a quién deben vigilar más de cerca y para garantizar la derivación a una intervención temprana que pueda mejorar sus capacidades funcionales, su independencia y su bienestar durante el resto de sus vidas”, mencionó la Dra. Wilson.

El estudio siguió a cinco bebés con alto riesgo familiar, es decir, con al menos un hermano mayor con diagnóstico confirmado de TEA, desde los tres hasta los doce meses de edad. Los bebés fueron evaluados periódicamente y se les realizó un seguimiento clínico hasta los 36 meses. De los cinco participantes, dos recibieron un diagnóstico de TEA a los 36 meses. Estos dos bebés mostraron puntajes de complejidad motora consistentemente más bajos que los tres que no desarrollaron el trastorno, diferencia observable desde los tres meses de edad. La correlación entre complejidad del movimiento y diagnóstico de TEA fue más marcada que la observada entre complejidad y habilidades cognitivas o adaptativas.

Los propios autores reconocen que el tamaño de la muestra es reducido y que los resultados deben interpretarse con cautela. Señalan como pasos necesarios la validación de la medida en muestras más grandes, su comparación con indicadores estándar de movimientos repetitivos y la inclusión de un grupo de referencia de bebés con bajo riesgo familiar. El equipo también planea contrastar los datos con medidas de neuroimagen y electroencefalografía para explorar si la complejidad motora refleja patrones de conectividad cortical asociados al TEA.

La relevancia del trabajo reside en que abre una vía para la evaluación objetiva, continua y en el entorno natural del bebé, con herramientas accesibles y no invasivas. De confirmarse en estudios más amplios, la medida de complejidad del movimiento podría integrarse en protocolos de seguimiento temprano para poblaciones de alto riesgo, contribuyendo a acortar los tiempos entre las primeras señales del trastorno y el diagnóstico clínico formal.

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